La Ley de Causa – Efecto
La Ley de Causa y Efecto es conocida también como Ley de Consecuencia, Retribución o Compensación. La Ley de Causa y Efecto es una ley que funciona perfectamente en todos los planos y trae a la realización todo lo que sembramos, tanto en pensamiento, palabra y acciones. Esto quiere decir que todo lo que hacemos pone en movimiento una causa y ésta trae una consecuencia, positiva o negativa, que dependerá de la causa puesta en movimiento. No existe el azar, la buena suerte o la mala suerte, sólo resultados.
La ley de Causa y Efecto puede aplicarse a cualquier cosa en la vida. Siempre funciona, nunca falla… y es la mejor forma de explicar los sucesos sucedidos en la Autònoma de Barcelona el día 5 de Febrero, el momento en el que el radicalismo más exacerbado hizo gala de su violencia y de su base fascista.
La causa lleva años gestándose, prácticamente desde el inicio de la Democracia. Hemos asistido a una paulatina radicalización y manipulación de la base de la sociedad, la educación, en lugares que hoy son cuna de personajes violentos y radicales. Cataluña es uno de los mejores ejemplos: Desde pequeñitos los nacidos en Cataluña tienen el dudoso honor de ser manipulados por el Gobierno autonómico, instruyéndolos como “miembros de la nación catalana”. También en el honor de estar obligados a dar las clases en una lengua que, para las familias castellano-parlantes, no es la materna, tengan o no dificultades para aprenderla; y de ser machacados constantemente para convencerles de que la supuesta nación catalana lleva desde siempre enfrentada a España, manipulando la historia si es necesario (ver entradilla y comentario nº8, ¿Es esto lo que se enseña en las escuelas públicas de Cataluña?).
El problema de introducir esa causa en la mente colectiva es que en cualquier momento, cuando el adoctrinamiento en la más tierna infancia se acaba, el individuo individual puede comenzar a pensar por sí mismo. Y eso no es conveniente. Por ello, una vez fuera de las colegios e institutos hay que continuar alimentando a la Bestia. Y ahí entran los rectorados y decanatos universitarios, figuras que pueden permitir o no actos que vayan en contra de la libertad de expresión. Para continuar introduciendo la causa, hay universidades cuyos dueños y señores no castigan a quienes cometen tropelías usando la violencia. (Penúltimo párrafo).
Para entonces, en las personas más propensas y en las que más haya calado el mensaje, que afortunadamente son minoría, se produce la transformación, la conversión, para acabar siendo verdaderos fanáticos, casi como los que propugnan la Guerra Santa. Y en ese momento entran en juego los medios de comunicación más sectarios y los partidos políticos con sus aparatos de propaganda, aparatos de los cuales el mismo Joseph Goebbels estaría orgulloso. Aparatos que convierten una pequeña anécdota, como el uso coloquial de un tópico de sobra conocido, en una batalla campal de proporciones bíblicas. A veces simplemente para así arañar votos, intentando erigirse en única alternativa, y otras veces porque para los sectores nacionalistas es fundamental fomentar el odio a todo lo que viene de fuera para continuar con la misma cuota de poder.
Este adoctrinamiento, este sumergimiento en el odio más profundo hacia todo lo que venga de fuera, todo lo que piense de una forma distinta o todo lo que nos desagrade, esa justificación de la violencia, ya sea explícita o tácita, va creando una bola de nieve que cada vez se hace más grande.
Y entonces, el efecto llega.
El desencadenante puede ser cualquier cosa. Una fiesta, un evento deportivo, o la misma libertad de expresión.
Es entonces cuando la bola de nieve del odio y del rechazo, del fanatismo y del fascismo más radical explota, llevando por delante todo lo que tiene a su paso. Es entonces cuando los años de adoctrinamiento salen a la luz para intentar acallar, como en épocas de Franco, a quienes piensan distinto. No importa si es con violencia, no importa si se producen destrozos, nada importa. Lo único realmente prioritario es intentar hacer callar a quien piensa distinto.
La causa produce un efecto. Y el efecto más claro de los últimos años ha sido la injustificable agresión que ha sufrido Rosa Díez en la universidad Autònoma de Barcelona, cuando un grupo de fascistas ha intentado impedir que diese una conferencia incluso llegando a las manos y a la violencia más despreciable. Es en esos momentos en los que el independentismo más radical enseña su verdadera cara: totalitaria y dictatorial, una cara que podría ser orgullosa heredera de la que gobernó España durante 36 años. Y cuando eso sucede, los que se ocultaban dejan de hacerlo, produciéndose hechos tan graves como que, entre lanzamientos de pintura roja, piedras, folletos y saliva, aquellos que deberían erigirse adalides de la libertad, de la concordia, del diálogo y del conocimiento, como profesores de una institución de enseñanza que son, muestran que la radicalización, la violencia y la falta del respeto ha llegado a todas las esferas de la sociedad.
Cuando el hecho está consumado, cuando la espiral de violencia y totalitarismo ha acabado, hay que continuar manteniendo abierta la caja de pandora. Ya se cuidan muy mucho desde quienes se niegan a que las autoridades policiales realicen detenciones hasta los medios de comunicación que con su sectarismo fomentan la violencia.
¿Hasta donde vamos a llegar? Han conseguido que un sector de la sociedad sea tan intolerante como para apedrear a quienes piensan diferente a ellos. ¿Continuarán educando a la gente en el rencor y en la aversión hasta que tengamos que lamentar la creación de una nueva banda terrorista? ¿Hasta cuándo los ciudadanos de a pie vamos a tragar y consentir?
Y así, hasta el próximo efecto. Porque desgraciadamente esto es la pescadilla que se muerde la cola. Y cada vez queda menos para que, si no se pone remedio, algo así vuelva a producirse.
Tic, tac.




